El menor de siete hermanos, esposo de Katerine Castillo y padre de Andrea Catalina (12 años) y Daniel Alejandro (9 años), buen hijo y buen hermano, honesto, creyente en Dios, conversador y apasionado por el fútbol y el ciclismo.  

Desde 1995 y hasta el último día de su vida terrenal Wilson Briceño Pineda estuvo vinculado a a la UNAB. Fueron más de 20 años en los que tocó la vida de estudiantes y compañeros de trabajo, e hizo grandes aportes al programa de Ingeniería de Sistemas y Facultad de Ingeniería de la Universidad.

“Yo lo defino como un maestro. Él fue mi director de tesis de la maestría que hice en la UNAB. Recuerdo que cuando estaba haciendo mi tesis de grado, pasaba noches enteras trabajando frente al computador y a veces me quedaba dormida. En mis sueños estaba Wilson diciéndome “hágale, hágale que usted puede”, me despertaba y seguía trabajando. Era una persona que animaba a los demás, con la que uno siempre podía hablar y encontrar un consejo”, expresó Carolina Suárez Hernández, profesional II del programa de Ingeniería de Sistemas.

En 2004, cuando fue nombrado decano de la entonces Facultad de Ingeniería de Sistemas, asumió el cargo con la responsabilidad de responder al voto de confianza otorgado por las directivas y con la convicción de materializar sus ideas de la mano del equipo humano que lo rodeó y siguió, con la lealtad que se acompaña un buen liderazgo. “Wilson fue mi asesor en pregrado, mi director de trabajo de grado en la maestría y mi jefe como docente y coordinador de programa, fue en esta última etapa que pude trabajar muy de cerca con él, donde conocí a un excelente ser humano, un académico y un profesional con una visión que se echa de menos en el programa y la facultad. En el ámbito laboral siempre buscó fortalecer el trabajo en equipo, compartir una visión conjunta de nuestro programa y sacar adelante muchos proyectos que tenía en mente, entre ellos la reforma y reestructuración del programa de Ingeniería de Sistemas”, afirmó Paulo César Ramírez Prada, coordinador del programa.

Su visión y determinación para renovar el programa fueron claves en la propuesta académica de la ingeniería de sistemas que se oferta hoy en la UNAB. “Desde hace más de 10 años fue de los pocos que decidió creer en el tema de los videojuegos cuando nadie más creía, siempre lo vio como uno de los posibles pilares del programa. En 2017, inauguramos el Game dev Lab y para él fue como reafirmar que tenía razón en el tema y en haber creído en el potencial de videojuegos”, manifestó Nitae Andrés Uribe Ordóñez, docente del programa.

Como decano Wilson encontró el balance entre la autoridad que requería su cargo y la empatía propia de una persona respetuosa de los demás y solidaria con su entorno. “Con los ‘pilos paga’, cuando apenas se estaban configurando las ayudas a los estudiantes, recuerdo que él se preocupaba por si los muchachos tenían cómo llegar a clases o si necesitaban ayuda. En alguno de esos momentos iniciales de ‘pilos’ en el programa, propuso que ayudáramos, entonces reunimos entre los profesores dinero y por dos semanas les dimos refrigerios a los estudiantes por la mañana y por la tarde”, relató Suárez Hernández.

Para su hermana Cecilia Briceño Pineda, docente del Departamento de Matemáticas y Ciencias Naturales, “Wilson era un hombre de familia, su razón de ser eran su esposa y sus hijos. Él creció en un núcleo familiar de amor y apoyo mutuo, y así quiso formar su familia. Siempre pensaba primero en su esposa y en sus hijos, y sin embargo no dejaba de pensar en sus hermanos, siempre fue muy responsable con mis papás mientras vivieron, estuvo atento a su cuidado hasta el último momento”.

Y cuando por motivos de salud Wilson tuvo que alejarse de la Facultad, su fé fue su aliciente. “Hubo un momento de crisis fuerte en el que se acercó mucho a Dios y  cuando comprendió que su vida estaba cambiando empezó a cambiar la mentalidad. La última vez que me vi con él me habló con una sabiduría y yo vi que había comprendido que la vida continua y que él iba a seguir estuviera o no presente aquí, estaba tranquilo con su familia y yo también quedo muy tranquilo porque me di cuenta que él comprendió muchas comprensiones antes de su partida”.

A sus 57 años, familiares, amigos, estudiantes y colegas, despidieron a Wilson Briceño Pineda, sin embargo, su presencia, legado y enseñanzas están muy presentes en todos los que tuvieron la oportunidad de compartir con él.  “No solo era mi hermano, era mi amigo, crecimos juntos, estudiamos juntos en la UIS, trabajamos juntos aquí en la UNAB, y siempre estuvo muy pendiente de mí. Voy a extrañar a mi amigo, al ‘compinche’.