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Contenido en el Boletín: Socio Humanos - Edición #5 - Junio 16, 2016

Texto presentado en curso de Lógica y argumentación al profesor Manuel José Acebedo Afanador del Departamento de Estudios Sociohumanísticos - Universidad Autónoma de Bucaramanga

 

CON TODAS SUS IMPERFECCIONES… ¿ES POSIBLE LA PAZ…?

Por: Germán David Acebedo Roncancio

Estudiante Ingeniería en Energía 

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia - FARC, fundadas en abril de 1964 por el campesino liberal Pedro Antonio Marín Bernal, más conocido por sus alias de ‘Manuel Marulanda Vélez’ o ‘Tirofijo’, nacieron  como una salida a la cerrazón política que comenzaba a profundizar el Frente Nacional y como reacción a una respuesta militar del gobierno de Guillermo León Valencia frente a unas peticiones sociales de las “Repúblicas Independientes”, veredas que, simbólicamente, se habían proclamado de esta manera por el abandono secular del Estado. ¿Qué habría pasado si la respuesta del gobierno hubiera sido dialogada y social? ¿Se andaría hoy tratando de dialogar después de los miles de muertos y horrores? ¿Se pudo haber evitado esta cruenta e interminable guerra hace cincuenta años con un poco de menos estulticia y arrogancia de nuestra clase dirigente? En fin (…) preguntas de nunca acabar y que aún continúan presentes en la sociedad.

Por esa razón, aunque, luego del fenómeno del paramilitarismo, las FARC-EP han cometido acciones terroristas y criminales y se han dejado permear por el narcotráfico, no se debe ignorar que su origen deriva de la desigualdad política, social y económica en Colombia, con el poder acaparado por una élite insensible al sufrimiento de los pobres pero presta a utilizarlos como carne de cañón o como rebaño electoral. Por eso, este proceso de paz, con los tímidos intentos de acompañarlo de justicia social (casas gratuitas para los más pobres, devolución de tierras, más empresas y más trabajo, restitución de derechos de las víctimas), nos van a llevar a un país, si no ideal, si mejor que al que se llegaría con la pura salida militar y violenta. Por eso, si estos diálogos llegan a fracasar, las consecuencias serán más graves que en cualquier otro de los fracasos anteriores, porque la opción guerrerista nos conducirá a un país inmensamente más violento, a un derramamiento de sangre y a una legitimación mayor de la barbarie en nombre del pueblo, del mismo pueblo que dicen defender ambos bandos, el legítimo y el ilegítimo; el legítimo lo destruye con la mentira política, el abandono y la corrupción y el ilegítimo lo extorsiona y lo masacra.

Adicionalmente, la prosperidad económica de las FARC, sumada a su fuerza militar y a la incapacidad histórica del Estado para derrotarlos definitivamente, hace necesario llevarlos a un diálogo en el que decidan dejar las armas a cambio de su participación en política; pues, por la vía armada, está probado históricamente que ningún gobierno los va a derrotar en forma definitiva. Cincuenta años de conflicto militar demuestran que el Estado, por la vía de las armas, no es capaz de acabarlos. Algunos presidentes, como en el caso de Uribe Vélez, han logrado debilitarlos, pero no han conseguido derrotarlos, ni siquiera acercarse a una rendición.

La política de seguridad democrática de Uribe, sin duda, ha dado sus mayores resultados contra las FARC (a un alto costo humano: falsos positivos, represión a la población civil y violación del DIH, entre otros y con un estrafalario costo económico que no se conduele con los resultados). Estos resultados llevaron al gobierno a concluir que este grupo guerrillero se encontraba en un proceso irreversible de desmoronamiento, lo que no resultó cierto, pues las FARC, debilitadas eso sí, se readaptaban y acomodaban (como han hecho muchas veces en sus 50 años de existencia), en un proceso muy lejano a una derrota real. Por eso Colombia, por el camino dialógico, necesita urgentemente una propuesta concreta, incluyente e innovadora para terminar el conflicto armado; una propuesta que responda al contexto colombiano, con apoyo internacional, pero con liderazgo local; que no sea una receta predeterminada, sino un mapa que permita avanzar y fortalecer la cohesión nacional y la institucionalidad democrática, dentro de lo cual, la conversión de las FARC en un movimiento político no armado sería sólo un paso. La paz como proceso permanente, no como un evento.

En segundo lugar, así como el presidente Uribe negoció con los paramilitares y con la Ley de Justicia y Paz les creó unas normas por las cuales los condenaba, a lo sumo, a 8 años de cárcel, así hubieran cometido los crímenes que fueran; Santos también tiene la obligación (y el derecho) de negociar con la otra parte del conflicto y proponerles su propia ley (el marco legal para la paz) para que también se desmovilicen. Por eso son incoherentes las críticas de Uribe y sus adeptos: Él sí pudo negociar con los paramilitares, pero otro gobierno no puede negociar con los otros actores armados, con la guerrilla.

Además, en otras negociaciones anteriores (como las de Uribe con los paramilitares) no se tuvieron en cuenta las víctimas, eran actores pasivos. Sólo se tenían en cuenta por lo que buenamente contaran sus victimarios, pero las víctimas no eran escuchadas; en cambio el actual proceso con las FARC incluye a las víctimas como actores activos. De hecho, uno de los puntos de la agenda de paz con la guerrilla son las víctimas, sus derechos y la restitución de ellos a una vida digna. Ahí está, por ejemplo, la ley de tierras que, con todas sus imperfecciones y tropiezos, les está devolviendo sus propiedades.

En una propuesta de paz los retos son enormes porque no se trata tan sólo de tender y fortalecer puentes de diálogo con los actores al margen de la ley, sino de atacar problemas sociales, económicos políticos y culturales. Colombia se beneficiaría de un amplio proceso participativo que desemboque en una política nacional de paz. Identificar el horizonte común con el cual se pueda reconocer la diversidad del país, y concertar los caminos para alcanzarlo. Hay que superar el fatalismo y volver a creer que otro país es posible.

Esos espacios de deliberación democrática pueden ser también espacios de reconciliación. No en el sentido del perdón, que es algo que le corresponde a cada quien decidir en su propia conciencia y en su corazón, sino en el sentido de reconciliación social, aceptación de unas mismas reglas de juego por parte de todos, la reconciliación en el sentido de trabajar alrededor de ese propósito común que es la construcción de la paz en el territorio. Se trata de lograr una auténtica movilización de la sociedad alrededor de la paz, una paz en la que todos vamos a tener que poner lo mejor de nuestra humanidad, que va a implicar renuncias dolorosas, pero que es la mejor opción que tenemos para encontrar un fin digno para todos, un futuro digno, esto es, al decir de Gabo, que un día construyamos un país al alcance de los niños.

Autor: Sandra Liliana Oróstegui Durán
Fecha del Artículo: Agosto 1, 2016

Boletín: Socio Humanos

Sociohumanos; Divulgar, de forma permanente, la actividad académica del DESH dentro y fuera de la Universidad, para mostrar la importancia de los servicios que ofrece en la comunidad académica.

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Ago 1, 2016
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